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¿De quién es la razón?

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El médico: un ser cuya sensibilidad por la pesadumbre y el dolor humano lo engrandece;  por su capacidad para penetrar el velo donde se esconden las injusticias sociales, las fragilidades humanas, en fin todas las enfermedades.  Ese es el mismo médico cuya misión de salvar vidas y de mejorar sufrimientos se ha puesto en duda,  porque como todos los humanos, tiene compromisos, sueños, obligaciones y metas que demandan de los adecuados ingresos.

Y es justamente lo económico el argumento utilizado por los galenos para explicar la lucha que libran desde hace meses con las autoridades sanitarias.  Por quinta semana  consecutiva los usuarios de los hospitales públicos quedan atrapados en el conflicto que mantiene el sector con el Gobierno.

Si bien es cierto que nadie en su sano juicio puede estar en desacuerdo con el aumento salarial que exigen los médicos, y otras reivindicaciones, la verdad es que el método utilizado para presionar y lograr sus pretensiones a quienes más afectan son a las clases pobres, lo que descalifica sus muchas veces justos reclamos, porque ponen en juego el fundamentalísimo derecho a la salud y la vida misma de quienes no reciben las atenciones médicas debidas.

Si aceptamos como bueno y valido el método de lucha que realizan los médicos, entonces estaremos aceptando que se debe volver a lanzar piedras y  quemar gomas en las calles como forma de reclamar derechos, o sea, estaremos involucionando.

Y contrario a lograr sus conquistas, si los médicos y enfermeras persisten en continuar las huelgas, seguirán concitando el rechazo del pueblo que es el más perjudicado con el torpe manejo de una situación digna de mejores formas de lucha.

Por otro lado, está el Gobierno que tiene dificultad para identificarse con las emociones y sentimientos de los ciudadanos, que mantiene su arrogancia  ante los que levantan su voz para reclamar derechos; él (Gobierno) tiene su ritmo y sus prioridades que no están al unísono  con los padecimientos y necesidades de la gran mayoría.

En consecuencia, existe un cúmulo de problemas que se han ido amontonando a lo largo del tiempo o a la falta de voluntad política para resolverlos, hasta el punto que al día de hoy se requieren de medidas drásticas para aminorar su gravedad, y un ejemplo de ellos lo constituye el sistema de salud dominicano, con la gran mayoría de  sus hospitales fuera de servicios y el resto de ellos no cuentan con las mininas concisiones para operar, pero los restantes han sufrido remodelaciones de cuantiosas sumas de dinero,  pero que a los pocos meses sus áreas vuelven a estar inoperables.

Estamos de acuerdo con que el  médico merece,  al igual que todos los profesionales, una vida digna acorde con su consagración y sus esfuerzos. Que se le debe proporcionar un salario competente y que les permita cubrir sus necesidades.

 Sin embargo, su comportamiento debe estar a la altura de las circunstancias y de las expectativas que el país tiene sobre ellos, por eso deben ser más creativos en sus llamados de atención para ganarse el respaldo ciudadano.

En conclusión, ambos sectores deben volver la mirada hacia ese rosario de tragedias humanas causadas por la indiferencia y el descuido de ambas partes. Es hora ya de que se entienda que vivimos en una sociedad medianamente civilizada, con aspiraciones de alcanzar la civilización que nos ofrece la democracia. Que se abra la muralla del diálogo y del entendimiento; que se cierre la muralla de la tozudez y la soberbia.