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101 años

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OYE PAIS
Ruddy L. González
rlgonzalez50@gmail.com

La información me llegó como una descarga eléctrica. Me estremeció. Y aunque estaba a la espera de la noticia, en cualquier momento, confieso que no estaba preparado para esa verdad.

Mis hermanas y hermanos, que se echaron a mamá sobre sus hombros en los últimos 30 años -nuestro padre murió hace 25 años-, tampoco estaban preparados para enfrentar la realidad de la muerte.

Flora Campos, como todos conocían a mi madre, murió como vivió: en paz, sin sobresaltos, sin dolor, sin temor.

Dios la dejó en vida por 101 años. Y ese es más que motivo para dar gracias al Altísimo y sentirnos bendecidos.

Aunque es una ‘ley de vida’, nadie quiere -ni espera- que sus seres queridos sean llamados al lado de Dios.

La partida de una madre deja un vacío imposible de llenar. Y aunque uno crea que está ‘preparado’ para ese momento, cuando llega la ‘verdad’ no la cree, no la acepta de inmediato.

El sábado a mediodía mi hermano Manuel me decía por teléfono que ‘mamá se está apagando, poco a poco’. Lo mismo me la habían dicho reiteradamente mis hermanas a lo largo de los dos días previos.

Y así fue. Mamá se fue, se despidió del mundo lentamente, sin dolencias, sin quejas, con una sonrisa.

Por esa experiencia vivida, algunas personas que se nos acercaban o nos llamaban por teléfono a darnos el pésame se asombraban cuando les decíamos que estábamos ‘felices’ de que mamá muriera tranquila, como un ángel. Porque así fue.

Manolín, Maritza, Yohanny, Milagros, María de los Ángeles, Manuel y yo, junto a sus nietos y biznietos, nuestras esposas y esposos, la descendencia que dejó mamá, no tenemos palabras para agradecer a los muchos familiares, amigos, vecinos, conocidos, que se han solidarizado con nuestro pesar.

Paz a los restos de quien en vida, y por 101 años, se llamó Rosa Altagracia Genoveva Campos Puello de González, a quien cariñosamente llamábamos Doña Flora.