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100 años en 489 palabras

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Eran cerca de las diez de la noche del pasado 5 de octubre cuando un hombre entró al salón del restaurant donde compartía con un grupo de amigos. Sin parafernalia, estridencias, ni guardaespaldas que le movieran sillas o le franquearan el paso, ese hombre se dirigió a una mesa de al lado de la nuestra, saludó con afecto a las cinco personas y se sentó a celebrar el cumpleaños de nuestro ‘vecino’.

Cuando el personaje volteó la cabeza y reconoció a los que estábamos en la mesa de al lado, se levantó, saludó con afecto, nombre por nombre, bromeó sobre diversos temas y volvió a donde quien había ido a visitar. 15 minutos después se levantó, se despidió de los componentes de ambas mesas y se retiró del lugar como llegó, sin aspavientos ni bulla.

José Luis Corripio Estrada –Pepín Corripio, como todo el mundo lo conoce y lo llama– era el visitante de esa noche de octubre al Boga-Boga, a donde acudió a saludar a su amigo, el doctor Claudio Stephan, con motivo de su cumpleaños.

Pepín Corripio se ha caracterizado, siempre, por su sencillez, la calidez y manera afectiva con que se ha desenvuelto en lo personal y en lo empresarial, en un escenario tan complicado como difícil, tan movedizo, peligroso, en un mar tormentoso de políticos, de gobiernos, de competencias y apetencias como es nuestro país.

El ejemplo de su vida está ahí, reflejado como un cristal pulido en su esposa, doña Ana María, sus hijos Manuel, José Alfredo, Lucía y Ana Corripio Alonzo. Hombres y mujeres de trabajo, de antes de salir hasta después de ponerse el sol.

Hombres y mujeres que nunca han estado, ni por asomo, en medio de escándalos ni comentarios.

Hombres y mujeres que no andan en yates o helicópteros, de restaurant en restaurant, con el último modelo de carro, estrujándole sus fortunas a los demás.

Hombres y mujeres que no abandonan este país, porque creen en su gente y luchan a su lado por su progreso, por su desarrollo.

La historia de los Corripio, desde los ‘viejos’, don Ramón y don Manuel, los troncos de la familia que  llegaron al país hace 100 años y se asentaron aquí para siempre, es un ejemplo de trabajo, de moderación, de solidaridad, de perseverancia, de buena convivencia, de equilibrio para esta sociedad, que a veces luce tan complicada.

Por ello es que no debe sorprendernos hoy que esa familia, los Corripio, haya tomado de su patrimonio, de las ganancias familiares lograda con el trabajo y el esfuerzo, en buena lid y a lo largo de estos 100 años, para donar 100 millones de pesos a cien instituciones que aportan al desarrollo y la convivencia de los dominicanos.

Una familia, cuyo gran pecado ha sido la austeridad de vida, la decencia y la honestidad, hace este gesto porque cree en el país, en la familia, en nuestro futuro.

¡Enhorabuena!

rlgonzalez50@gmail.com